El último martes de abril llegamos a Buenos Aires hacia mediodía. El tiempo era muy estable y tuvimos buena visibilidad sobre la enormidad del continuo urbano. Dedicamos la tarde a reconocer la Recoleta, y tratar de comprar una tarjeta SIM local, lo que no conseguimos hasta la mañana siguiente. Tampoco fue fácil en Chile. Supongo que por motivos de seguridad hay que realizar una serie de trámites que hacen muy complejo un asunto que, por ejemplo, hace doce años, en África, era increíblemente sencillo. Muy recomendable el Sanjuanino, de la calle Posadas, lugar de nuestra primera cena bonaerense que no sería la última.
El miércoles un
larguísimo paseo nos llevó a San Telmo, donde comimos, y a la Boca, pasando por
la famosa librería Ateneo, el teatro Colón, el Obelisco… Después de comer
atravesamos el Parque Lezama y entramos en uno de los barrios quizá más famosos
del mundo. Maradona y Messi lo presiden todo. Tomamos un colectivo, o sea,
cogimos un autobús –lo que allí provoca carcajadas- para volver a la Recoleta.
Es muy fácil el transporte público en Buenos Aires. Aunque la red de metro
(Subte) no es muy extensa, los autobuses suplen más que dignamente y se paga
con cualquier tarjeta de crédito o débito a un precio aproximado de medio euro
si no se sale de las áreas centrales.
El jueves cerramos nuestros pasajes para Uruguay. Hubo alguna dificultad con la web y acudimos a las oficinas de la naviera en Puerto Madero. Después, nos acercamos de nuevo por San Telmo con idea de hacer la típica fotografía con Mafalda. Misión imposible. Se les había ocurrido a la vez a decenas de personas. No recordaba yo tanto éxito en mi primera visita a la ciudad. Seguimos hacia la plaza de Mayo con idea de encontrarnos con las abuelas. Haciendo tiempo visitamos la Catedral y el Cabildo y con lo que nos encontramos fue con una manifestación imponente que adelantaba el 1 de mayo. Almorzamos en el Tortoni y en ausencia de los pañuelos blancos, seguimos hacia Corrientes y volvimos al teatro Cervantes, el Colón no tenía programa ese día, pues nos habían dicho que quizás a última hora podíamos conseguir alguna entrada. Lo logramos.
El 1 de mayo hicimos
muchas gestiones para los días en Iguazú y nos dimos otro enorme paseo hacia
Palermo, donde comimos en una terraza. El tiempo todavía se mantenía bueno, un
punto cálido. Esa parte cambió al día siguiente. Con un impresionante cielo muy
limpio, el viento había girado y venía bastante frío. Recorrimos por la mañana
de nuevo el centro, los alrededores de la plaza de Mayo y nos encontramos con
una curiosa muestra folklórica en los jardines del Cabildo. Tras un descanso a
primera hora de la tarde, acudimos a la ESMA al atardecer. Aunque está ya
contado en alguna entrada anterior, y la foto de Taty Almeida también se ha incluido a posteriori, no tenemos
ninguna razón para ocultar que esta tarde del 2 de mayo se sitúa entre lo más
destacado de este viaje. Ahora va una foto en la que hay una silla vacía entre
la de Taty y la mía. La había ocupado hasta poco antes el alcalde de Avellaneda.
También está relatado en una entrada anterior. El Racing de aquí todavía era
equipo de Segunda. Volvimos a cenar al Sanjuanino.
Y el domingo día 3,
dedicamos la mañana a la recogida y separación de equipajes. Una parte se
quedaba en Buenos Aires. En Iguazú no íbamos a necesitar ningún abrigo. Ya
habíamos hecho lo mismo en Santiago para ir a Atacama. Tuvimos algún incidente
cómico en el Aeroparque. Faltó muy poco para volar a Bariloche, en un error que
todavía no encuentra explicación razonable y ya en el vuelo a Iguazú, también
tuvimos alguna historieta con los asientos –duplicadas las tarjetas de
embarque…- . Llegamos ya de noche y el hotel – Guamini Misión- nos sorprendió
positivamente. Estaba un poco lejos del centro pero era de una categoría muy superior
al precio pagado. Cenamos allí mismo y a la hora del desayuno también
comprobamos que la elección había sido muy buena. Estábamos literalmente sobre
el Paraná, rodeados de ambiente tropical y de aves propias del lugar.
Habíamos encargado el traslado al Parque de las Cataratas al mismo taxista que nos llevó la tarde anterior del aeropuerto al hotel y todo salió redondo. Ni siquiera había muchedumbres en la entrada. No sé bien qué se puede contar de este espectáculo natural que no se haya dicho ya. Al principio, primer recorrido, me pareció que no era para tanto… Poco a poco, con los otros dos recorridos, enmendé la primera impresión. Es un lujo descubrir a esta edad algo tan impresionante. El clima aquí permite bañarse al atardecer en la piscina del hotel y salir a ver la puesta de sol muy cerca del hito de las tres fronteras.
Al día siguiente, la
orilla brasileña. Mejores vistas con menos recorrido y mayor concentración de
gente. Hay un punto concreto al que, incluso fuera de temporada, no es posible
acercarse dada la multitud. El miércoles fue un día de tránsito. Volar de
vuelta a Buenos Aires, cuestiones de intendencia –lavandería-, cena en la
Cantina de la Recoleta… y, descubrimiento de que a punto de terminar un viaje
casi perfecto hasta entonces, llegaba el borrón por cuenta de Iberia que nos
había cancelado el vuelo de Montevideo a Madrid y no había considerado la
posibilidad de comunicárnoslo… continuará.


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