Con un viaje al revés que el de Marco –de los Apeninos a los Andes- lo mío ha sido de los Andes a los Pirineos y me encuentro al acabar de relatar ese viaje con una visita papal. Una vez tuve al Papa a pocos minutos de mi domicilio de entonces, alrededores de Montjuïc. Nos encerramos en casa, se escuchaba la megafonía, teníamos alguna coartada: un bebé. Era Juan Pablo II y no le teníamos demasiada simpatía. Años más tarde también tuve noticias de la llegada de otro Papa. Tampoco me resultaba muy simpático Ratzinger, y supe más de su viaje por todos los desmanes de las administraciones valencianas que por los mensajes lanzados por el Pontífice. El Papa que me ha resultado más simpático desde Juan XXIII, Francisco, no quiso venir a España y no quiso por diferencias sustanciales con la jerarquía de la Iglesia nacional. Esa Iglesia que ha tenido algún destello de puesta al día pero que se ha acorazado bastante en muchos temas que la sociedad a la que sirve ha dado carta de normalidad.
No olvido, ni quiero ni puedo, que
quienes crecimos en la dictadura lo hicimos a la vez, bañados en el
nacionalcatolicismo, con el dictador entrando bajo palio en los templos y con
la denominación de Cruzada para la matanza que supuso la guerra y las persecuciones
posteriores. Casi empatando con lo ocurrido siglos antes con los cátaros: “Matadlos a todos, Dios sabrá escoger a los
suyos…” Pues eso, no es posible pedir más. La Iglesia católica es uno de
los clubs con más socios del mundo. No se puede profundizar mucho en ninguna
línea sin riesgo de fracturas. Dicho eso, y para ir acabando con la noticia de
primera de los últimos días, el Papa Prevost
habló en el Congreso no como jefe de un estado, pequeñito. Lo dijo nada más
empezar. Era el obispo de Roma quien dijo todo lo que dijo y lo que gustó más o
menos a unos y a otros. Un éxito de ese enorme club religioso que preside.
Ya empezó, antes de aterrizar en
Barajas, declarando simpatías por el Real Madrid. Florentino no necesitaba ese apoyo para ganar. Y, algo más, si de
verdad es enemigo de la polarización, no haber dicho ni una palabra sobre el
fichaje de Mourinho… La polarización
en España no necesitaba ese refuerzo. ¿Ha empatado con su actuación en
Barcelona? Yo, que a veces no encuentro traducción para algunos términos que
aprendí en aquel idioma, con todo respeto me atrevo a decir que el espectáculo
de la noche del miércoles, en el centenario de Gaudí, me pareció “carrincló”, muy indicado para “bledes.”
Y después, después de que Prevost
haya vuelto a Roma (aunque Iberia no se lo haya puesto fácil) queda todo lo de
aquí que no es poco. Ya no hay día sin que apague la radio sin escuchar la
totalidad de una noticia; leyendo solo titulares en la prensa escrita, sin bucear en casi nada.
Me declaro superado. Superado por la información de tribunales, por las
actuaciones de fontanería dignas de
Pepe Gotera o del Superagente 86. Superado. Han ganado. Lo ha dicho un
socialista extremeño con otra referencia, pero estoy de acuerdo: han ganado.
Me refugio en la lectura. Con una imagen de una profesora valenciana, jubilada, que apoyaba a sus compañeros en activo cuando apareció un animal de dos patas… Natalia Ginzburg, judía italiana, diputada del PCI, fallecida en 1991 no llegó a ver lo que pasó con su partido ni todo lo demás que nos ha ido cayendo… Pero tiene un párrafo en “Las pequeñas virtudes” que no me resisto a incluir aquí al lado. Le confesé a un antiguo compañero de trabajo y de más cosas, muy amante de todo lo italiano, que yo sigo circulando como peatón, casi siempre, viendo venir a los vehículos de frente ¿“manías” adquiridas en la juventud?
Una cosa que he seguido con más
interés es la homilía de Martín Villa
sobre su papel en la Transición. Claro, te perdona la justicia argentina –la de
aquí nunca ha visto causa- y te vienes arriba. Ha sido contestado en pocas
horas por el catedrático de Zaragoza Julián
Casanova. Poco más puedo aportar, pero alguna de mis actividades de
juventud se cruzó con Martín Villa antes de que llegara a ser ministro, cuando
era gobernador civil de Barcelona. Supongo que cuando mandaba cargar a la
caballería, él todavía no se había caído de ningún caballo…

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