Desde mitad de abril las entradas a este blog se han visto salpicadas –no podía ser de otra manera- de las vivencias que los protagonistas íbamos encontrando a miles de kilómetros de casa. Tengo la sensación de que no hay mucho más que añadir, desde un punto de vista más estricto de turistas que quieren ser viajeros y que a ratos lo consiguen, sobre la Patagonia chilena. Pero a la vez, las alusiones al desierto de Atacama no han alcanzado las cotas que merece.
Si el vuelo de Punta Arenas a
Santiago del sábado 18 de abril nos ofreció un atardecer majestuoso que nos
permitió fotografiar el macizo del Fitz Roy (Chaltén) visitado ya unos meses
antes de empezar a escribir este blog, en 2010, el vuelo de Santiago a Calama,
no se quedó corto y pasamos algo al oeste del Aconcagua pero con muy buena
visibilidad sobre la cumbre de las Américas.
El aeropuerto de Calama sirve en un
porcentaje muy elevado para el tráfico turístico que mueve San
Pedro de
Atacama. Todo es fácil de organizar, traslados, alojamientos, organización de
las visitas –casi todas en Parques nacionales con precios de entrada
relativamente elevados para los extranjeros-… Nuestra primera visita,
condicionada por una cierta huida de las altitudes más importantes, fue a las
lagunas de Baltinache, con baño incluido en unas aguas con una densidad salina
que facilitan la flotación incluso para quienes no saben nadar. Creo que no se
orienta suficientemente sobre la necesidad de proteger los ojos, con unas
simples gafas de natación, de esa elevada salinidad. Una ducha estrictamente
controlada, de medio minuto, ayuda a retirar lo más molesto de la carga de sal
acumulada. El circuito programado ocupa medio día y empieza con un desayuno de
lujo en el alto de Likan-Antay que domina todo el oasis de San Pedro. El guía, Andrés, se escapa bastante del modelo
guía-papagayo. Sabía mucho sobre Geología, por ejemplo, y respondía a preguntas
muy variadas.
Por la tarde visitamos el valle de la Luna, con paisajes de nuevo sobrecogedores aunque en este caso, la guía fue mucho menos sorprendente. En ambos circuitos la intendencia está muy bien. Desayuno por la mañana y cóctel-merienda por la tarde. El alojamiento que habíamos contratado –Casa Macaw- respondió con excelencia a las expectativas, con trato familiar y muchas facilidades para “tomar algo” fuera del desayuno.
Al día siguiente -23 de abril- por la mañana la visita empezó con otro buen desayuno en los petroglifos del Valle del Arco Iris, otra vez con una buenísima guía, Lorena, con conocimientos muy superiores a lo que se espera de un guía turístico. Y se acaban los calificativos para describir los paisajes. Descansamos esa tarde porque teníamos contratada una visita nocturna. A unos 30 kilómetros de los telescopios más importantes del mundo, - el desierto de Atacama es el más árido del planeta y ofrece más de 300 noches al año de cielos despejados con absoluta falta de cualquier obstáculo para la observación del firmamento-. La experiencia guiada por Camilo, y con unos aparatos no muy sofisticados, fue tan satisfactoria que dificulta notablemente tratar de jerarquizar qué es lo que más nos ha gustado/sorprendido de esta etapa del viaje, si los paisajes diurnos o el firmamento nocturno.
El último día teníamos que
contemplar la hora del vuelo y el traslado al aeropuerto El Loa pero nos dejaba
libre la mañana. En casa Macaw no pusieron la más mínima pega para abandonar el
alojamiento a la hora del traslado, 14.30, pero no quisimos enrolarnos en
ninguna actividad que no nos permitiera controlar el horario a nosotros mismos.
La recomendación de Lorena fue una caminata absolutamente por nuestra cuenta al
Pucará de Quitor. El Pucará es una fortaleza inca muy bien conservada que da
cuenta de cómo las primeras matanzas en la zona no fueron las protagonizadas
por los españoles. Previamente, los incas ya habían sojuzgado a los habitantes
primitivos del inmenso salar desértico. Después, como indican carteles
variados, se produjeron los violentos enfrentamientos entre españoles e incas. Desde
el punto de vista del esfuerzo físico, debido a la altitud y la temperatura,
esta última actividad en Atacama fue muy exigente.
El vuelo de regreso a Santiago, con la noche ya cerrada, no nos dejó apreciar nada relevante del paisaje.




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