No es por olvidar lo que acontece en la vida real, que sigue esperando a la salida de las salas, pero el cine siempre fue importante en mi vida. Todavía en el Instituto, ya era lector de “Fotogramas” y un compañero más aventajado me hizo una lista, en 5º de bachiller, con los directores que merecían la pena. Antes de irme a Barcelona, participé en lo que denominamos “Fábrica de cine de Santander”. Uno de aquellos amigos ha dedicado su vida al cine. Hace ahora diez años, coincidiendo con un enorme cambio en mi vida, establecimos una importante cota de regularidad. No había asistido a festivales de cine desde mi más temprana época en Barcelona, cuando en el Palacio de Congresos de Montjüic se celebraba una Semana de Cine en Color… Recuerdo una enloquecida “Zabriskie Point”, -Antonioni en California-, por ejemplo, que en condiciones más normales, en un país normal, hubiese olvidado. Pero era 1970 y nos quedaba anormalidad para rato.
Hace ahora diez años nació el festival de cine de Santander y también hace ahora diez años que empecé a ir a uno de los festivales de cine más importantes del mundo que está a solo dos horas de casa. Y no había ido nunca. El miércoles estaré en San Sebastián. Entre el uno y el otro, el mes de septiembre acumula mucha pantalla grande en mi memoria. Y algo más. El jueves, en la clausura del festival de Santander, asistí al diálogo entre un director que vuela alto y una periodista y crítica de cine. Albert Serra –faro de honor de esta edición del festival- y Marta Medina protagonizaron algo más de noventa minutos no muy fáciles para Marta que de todas formas salió viva del encuentro. Los límites entre la ficción y la realidad son siempre importantes, interesantes y controvertidos.
Y el director catalán debería pasar alguna vez al otro lado
de la cámara. Es un buen actor. Con tintes de exageración en la interpretación.
Su anunciado desprecio por el teatro y el arte contemporáneo exigirían
aclaraciones difíciles de poner en foco dada su capacidad para hablar y seguir
hablando. Todos hemos podido sentir algo cercano a tomaduras de pelo ante alguna
muestra del arte más reciente, pero el cine es el arte más contemporáneo. El
desprecio, en pintura por ejemplo, hasta dónde llega. ¿Alcanza a Picasso, a Miró, a Barceló…? ¿Y en arquitectura? Me atreví a intervenir acudiendo a la
Literatura. Fue la única intervención dado lo dilatado de la respuesta. Cité
una lectura reciente, de Juanjo Millás,
“Que nadie duerma” que refleja el
peligro que puede tener la confusión entre la realidad y la ficción. Debe ser
muy humano imaginarse para uno mismo vidas paralelas, como las que se conocen a
través del cine, por ejemplo. Lo grave es cuando te crees el actor o la actriz
principal y no eres más que un figurante sin diálogo. Y el teatro tiene la
valentía del directo. Ayer, en el Palacio de Festivales de Cantabria, un
problema técnico alargó la agonía de Violeta,
la protagonista de la Traviata de Verdi,
cuando ya se había levantado el telón para el tercer acto… No pude evitar
acordarme de Serra.
Volviendo a los años 70, cierta normalidad nos llegó hacia finales de
la década y ahora parece que se va terminando. No sé qué hacía Aznar en 1970 pero estoy casi seguro
que no vio Zabriskie Point. Sin embargo la locura, diferente a la de Antonioni,
le ha llegado en algún momento y le hace decir cosas de muy difícil digestión
en presencia, por ejemplo, de la embajadora de Israel. Quizá las dice por estar
en esa presencia. Él siempre ha sido de decir cosas que agraden a sus
anfitriones. Por una foto con gente poderosa nos metió en un buen lío a todos y
todas. Y no tiene buena memoria. No recuerda que la derrota de su partido en
las elecciones de 2004 y 2008 tuviera algo que ver con su postración ante los
líderes poderosos y con aquella foto. Y su partido ha heredado la costumbre.
A mí, que durante meses he tenido en el reverso de mi teléfono la pegatina que adjunto, y que hace unas semanas con ocasión de una reparación había retirado, la vuelvo a sacar y la publico. La intercambié en el partido que presencié en el estadio olímpico de Montjuïc en noviembre pasado. Catalunya contra Palestina. El vecino de asiento, palestino residente en Berlín, había ido a Barcelona expresamente para ver el partido. Yo le di un adhesivo que se repartió profusamente en la edición del año pasado del festival de San Sebastián, en el que se leía “no al genocidio/genozidioa ez” y él me dio el que acompaña. No es que yo lo crea muy posible –así está ahora la solución de los dos estados- pero si le molesta tanto a Aznar, me parece importante difundirla. Del río al mar… si tiene que haber un solo estado, deberían caber todos y a unos los están exterminando.










