sábado, 18 de julio de 2026

90 años de la gran traición

 

El próximo miércoles es 22 de julio. El borrador de esta entrada lo he trabado en el marco de una escapada de menos de 48 horas a Barcelona. Escapada imprevista. La muerte no avisa y se cruza a menudo  con los caminos de las vidas. Sin ir más lejos,  el martes 21, hará veinte años que mi madre pasó a la otra orilla. Si se revisara este blog en estas fechas de años anteriores, se encontrarán  referencias. Es una fecha importante en mi vida. La de mi cambio de estado civil, hace 49 años, el mismo día que se constituían las Cortes después de más de cuarenta años sin elecciones libres. El día de mi boda, Dolores Ibárruri, elegida diputada, otra vez, por Asturias encabezando la lista del PCE, formaba parte de la  Mesa del Congreso de los Diputados. Tanto para tan poco o tan poco para tanto.

Pero este año, el 22 de julio es un aniversario redondo de la baja definitiva de los militares traidores. Adjunto nota de la Gaceta de Madrid, número 204, de 22 de julio de 1936. Probablemente ha habido momentos más propicios para divulgarlo pero hay mucha necesidad de decirlo porque se ha dicho muy poco. Aquellos militares fueron unos traidores. El golpe de estado fracasó, el ejército se dividió y lo que sucedió fue una guerra de casi tres años con innumerables víctimas de todo tipo: Los muertos, los heridos y mutilados, los no nacidos a causa de la guerra, los exiliados… Un desastre moral y humano de un calibre desconocido hasta entonces.

Cada vez utilizo menos el término “guerra civil”. La intervención internacional fue tan notable que puede desaconsejar ese uso. Lo que sí hubo fueron enfrentamientos importantes en el interior de cada bando combatiente. Más entre los leales que entre los rebeldes. Los sucesos de Barcelona de mayo de 1937 y los de Madrid de marzo de 1939 en territorio republicano y los de Salamanca de abril de 1937 en la zona franquista, pueden considerarse guerras civiles más o menos sangrientas.

Un dato incontestable para los amantes de relatos que tratan de hacer opacos los datos: La guerra supuso una pérdida neta de 20 años en términos estrictamente económicos, con su inevitable repercusión social. La quinta parte del siglo XX directamente al cubo de la basura. Da igual que se examinen los datos de producción de patatas o de arroz o de otros cereales; de acido sulfúrico o de acero… Los niveles del último año anterior a la guerra, 1935, no se recuperan hasta 20 años más tarde. Ese 1955 que sella la práctica normalización de la dictadura franquista en el conjunto del mundo occidental, con la entrada en la ONU, bloqueada durante diez años, y dejando ver ya la repercusión del tratado con los EE.UU. de 1953, secuela de la guerra fría…

Los otros 20 años, 1955-1975, de la dictadura han acogido muchos intentos de mitificación. El innegable crecimiento económico no tiene parangón con el que vivieron las sociedades europeas democráticas. La no inclusión de la España franquista en las ayudas del Plan Marshall de 1948, no se vieron compensadas con las que vinieron después de 1953. A mitad de los años sesenta la motorización popular que supuso el Seat 600 o el Renault 4-4, o el apartamento en la costa, alcanzaron a segmentos de población como nunca antes pero sin comparación, de nuevo, con los países nórdicos o los seis que habían formado las primeras comunidades europeas.

Otro dato para amantes de relatos históricos. El año de la muerte, en la cama hospitalaria, del dictador, la estructura socioeconómica de la población todavía arrojaba un 25% de la población activa dedicada a las actividades del sector primario. El éxodo rural hacia el occidente europeo o hacia las aglomeraciones urbanas e industriales –Barcelona, Madrid, Bilbao…- todavía se tendría que completar en los años de la Transición y siguientes hasta llegar al 3% actual.

Las pinceladas, breves, que trato de dar en este 90 aniversario, no se completarían totalmente sin señalar otro actor principal. Un sector del ejército, sí; parte de la sociedad civil de ideas conservadoras o directamente fascistas, también. Pero los jerarcas de la Iglesia, que se atrevieron a calificar como cruzada el matadero que se abrió en España el 18 de julio de 1936, sin que se conozca todavía rectificación,  merecen tanta crítica, desde un punto de vista civil estrictamente democrático, como los mandos militares traidores. El nacional-catolicismo conformó  en buena medida la ideología dominante y fue uno de los estamentos privilegiados de la dictadura en pie de igualdad con el partido único y el ejército depurado.

 

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