domingo, 16 de noviembre de 2025

Dress code. Volver a prohibir


Me vuelven a la memoria siempre que escucho algo sobre lo apropiado o no de algunas formas de vestir, de aparecer en público, dos anécdotas de mi vida pasada. La primera en los alrededores de Fort Worth, Tx. durante el curso 1999-2000, el del efecto 2000 que se pronosticaba como un ensayo del fin del mundo y resultó un Apocalipsis de opereta.   Conviví bastante tiempo con el sistema educativo del distrito escolar de Fort Worth. No es la única ni seguramente la principal, pero una sorpresa era el código que aparece en el titular. Perfectamente reglamentado, cómo profesores/as y alumnos/as debían asistir a los centros escolares. Lo que estaba permitido y lo prohibido. Y las excepciones, por ejemplo los viernes todo era más laxo. No en los escotes ni en el largo de las faldas. Pero era posible llevar jeans, tejanos, vaqueros, prohibidos de lunes a jueves. Una manera de adelantar el weekend.

La segunda anécdota que recuerdo cuando

se habla de prohibir prendas de vestir me ocurrió en Francia cuatro años más tarde. Estaba en un curso en la Universidad de Burdeos. Un mes de septiembre muy diferente al de mis compañeros gracias a una beca del programa Comenius. Una tarde, después de los dos o tres primeros días, un grupo de mi clase decidimos ir a nadar a la piscina municipal de Pessac. Otro compañero de Cantabria y tres alemanes más jóvenes que nosotros. Mi compañero, de Educación Física. Yo, con mi espalda necesitada. Los alemanes acabando sus licenciaturas en Economía. Solo entramos a nadar los dos cántabros. Los alemanes ni llevaban bañador adecuado, ni estaban dispuestos a comprar uno por menos de 5€. Los denominaban "spidos" con algo entre el asco y el desprecio. Era 2003 y a esos jóvenes de menos de 25 años  les preocupaba marcar paquete. Obligatorio en las piscinas públicas francesas por razones de higiene. No entrar al agua, certificada desde el punto de vista sanitario, con un pantalón corto que se ha podido llevar a la playa o por la calle...

Años más tarde, en Berlín, en la calle de al lado, en una piscina en la que en determinados días y horas se puede nadar literalmente en pelotas, en la calle de al lado me asustó lo que podía ser un animal marino y solo era una chica con burkini... Para todos los gustos.

Ahora, cincuenta años después del "hecho sucesorio", los herederos políticos del dictador quieren prohibir el burka, y el nicab, y el hiyab... ¿Y la mantilla no? ¿Y un pañuelo como el de Audrey Hepburn? Y la boina o el sombrero en espacios cerrados. Y las capuchas, gorras de beisbol, pañuelos de firma... Y podemos volver al largo de las faldas o la amplitud de los pantalones. Puestos a prohibir... Esto, en un país en el que habíamos batido records continentales de libertad y tolerancia.

Hay otros aspectos mucho más preocupantes en el revival que los neofachas están promoviendo pero yo estoy unos días fuera de casa, en una ciudad que también es mi ciudad y me puedo permitir ocuparme de asuntos de pacotilla. Puede que de aquí al jueves 20 recupere el seny y me ocupe de algo de eso más serio, o al menos contar qué hice aquel día, hace 50 años. 

Gaza, vergüenza de la humanidad; Gaza, siempre en la memoria

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