lunes, 8 de noviembre de 2021

Historia y memorias

 

Un reciente viaje a Italia me ha hecho ver lo sencillo que puede parecer cuidar una memoria compartida. He encontrado placas que recuerdan tanto a víctimas de la Primera Guerra Mundial, a las de los bombardeos aliados de la Segunda y a las del terror nazi-fascista. Hace cincuenta años que en Catalunya se creó un organismo unitario de las fuerzas democráticas que se oponían a la dictadura, la Assemblea de Catalunya contó con un trabajador industrial en su reunión fundacional. Uno. Pero hasta ahora, cincuenta años más tarde, no se ha conocido públicamente su nombre.

Del mismo modo que hay quien ha alardeado de haber puesto en una pizarra en Suresnes los trazos por los que iba a transitar nuestro país desde el sistema autoritario del franquismo al actual, también hay quien ha tratado de poner en la Historia con mayúscula que aquel organismo unitario era básicamente obra de intelectuales y representantes de la burguesía progresista. Un poco más tarde, en el verano del 74, en París, se presentó la Junta Democrática, el organismo de alcance estatal similar al ya existente en Catalunya. Aquí ya se ocultó menos el peso del movimiento obrero, articulado principalmente en torno a las todavía clandestinas CC.OO.

También en estos días de noviembre, cada año desde hace ya 46, se pone en el escaparate de la memoria de los que entonces éramos muy jóvenes, el enorme barullo en el que, con el dictador en sus últimas horas, el gobierno de Arias Navarro y el entonces jefe del Estado en funciones, todavía príncipe Juan Carlos, nos metieron. El  resultado no pudo ser más nefasto para quienes hasta aquel momento, en lo que oficialmente era una provincia española como las demás, habían confiado en algún arreglo que no supusiera poner a la población a los pies de los caballos del rey de Marruecos. El conflicto en el Sáhara occidental se está recrudeciendo y ni siquiera ocupa primeras planas en la prensa internacional.

La trama de intereses que desvelan documentales casi clandestinos o libros tan bien documentados como poco conocidos, resulta casi inexplicable. Hace unas semanas el más alto órgano judicial de la Unión Europea ha dado un rotundo no a la política de expolio que practica Marruecos, con el imprescindible padrinazgo de los EE.UU y Francia y la práctica desaparición de esa escena de España, todavía potencia administradora del territorio según el derecho internacional. Pero es que aunque casi nadie lo recuerde ya, días antes del carnaval denominado “Marcha Verde” que puso a cientos de miles de súbditos de Hassan II en el territorio administrado por España, el Tribunal Internacional de Justicia de la Haya sentenció que ese territorio nada tenía que ver con el reino de Marruecos.

 

En la “Historia prohibida del Sáhara español”, casi al final del libro, página 322 de 343, dice el autor, Tomás Bárbulo que los nativos le preguntan al capitán del ejército español Bernardo Vidal, que se la había jugado literalmente por ellos, “¿Qué hace España?” y él responde: “No es España; es el gobierno, que os ha traicionado. Pero el pueblo español os quiere” Lo más dramático de esas líneas es que no ha cambiado nada. Los gobiernos españoles, desde aquel de 1975, presidido por alguien con un historial terrorífico como Arias Navarro, que se arrugó ante Hassan II y Henry Kissinger hasta límites poco comprensibles, hasta el actual, han seguido traicionando a los saharauis.

Aquel trabajador industrial que formó parte de la reunión fundacional de la Assemblea de Catalunya es mi amigo Pedro López. (*) Divulgar las memorias puede contribuir a neutralizar un peligro que corremos: que el pueblo español, por pura ignorancia de lo ocurrido, deje de querer a las víctimas del conflicto del Sáhara. O que se imponga un discurso fake sobre la transición política española

(*)L’obrer desconegut a l’Assemblea de Catalunya | Catalunya | EL PAÍS Catalunya (elpais.com)

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