lunes, 9 de diciembre de 2013

Pisa (moreno)




Hay dos pérdidas en la semana imposibles de no mencionar. A Nelson Mandela creo que ya le hice algo próximo a una necrológica hace unas semanas, en un momento en el que ya parecía que su larga vida se agotaba. Fernando, hijo del genial músico castreño Ataúlfo Argenta, que ha hecho tanto por la divulgación de la música clásica en España, no ha sobrevivido más que unas pocas horas al tardío homenaje que la ciudad de Santander ha hecho a su padre renombrando una calle. Gentes con las que no te has cruzado en toda tu vida y cuya desaparición duele como la de alguien muy próximo. Es su mérito.

Afortunadamente un periodista, entre los de renombre quizá el menos entregado, Nacho Escolar, está ayudando de una manera a mi juicio prodigiosa a situar el debate sobre el estado de nuestro sistema educativo. En pocos terrenos es fácil conseguir cambios sustanciales en poco tiempo. En la educación casi no hay que argumentarlo. Cuando hice mi servicio militar obligatorio, hace ya cuarenta años, un número nada despreciable de mis compañeros, en un cuartel no muy grande en la ciudad de Burgos, tenían que acudir a una alfabetización obligatoria. Si, he dicho alfabetización. Gente de 22 años técnica, o absolutamente, analfabeta. De ahí venimos. Sólo en unos pocos años de la década de los 30 la educación ha sido en España un objetivo político de primer nivel.

En aquellos años 70 se estrenaba la primera ley educativa moderna. El crecimiento económico y demográfico de aquellos tiempos hizo saltar todas las costuras del sistema… Y después todo han sido remedios insuficientes. La coexistencia de dos redes de centros sostenidas con fondos públicos y la relación con el mayor poder educativo del continente, la iglesia católica española lo es a mi juicio, no han ayudado mucho. Y así, en informes muy publicitados y manipulados, -PISA- tampoco tenemos diferencias sustanciales con nuestro entorno. Podríamos estar hablando de milagro educativo español pero nos ha dado por lo contrario. Somos así.

Y después tenemos al ministro Wert. El pisa con más garbo que la morena del cuplé. Le falta la peineta para ser el más folklórico entre los cuarenta y tantos millones. Su mayor empeño es que le atribuyan novias y hacer alarde de mala educación en diferentes terrenos. El último, ese de tirar la toalla de cualquier manera al salir de la ducha… es de vértigo. Si no fuera por su año de nacimiento, el mismo que el mío, parecería que aspira a ser protagonista cinematográfico. Incluso el grupo de comunicación que le amparaba cuando no era ministro pide ya su dimisión.

No está lejos del terreno educativo. Sin ánimo de comparar, siempre odioso el asunto, no puedo parar de preguntarme quién le pone trampas al alcalde. Seguiré dando armas a quien me atribuye síndrome de Estocolmo con Íñigo de la Serna. A falta de realidades es uno de los mejores vendedores de humo entre los políticos de cierto nivel. ¿Quién le ha hecho poner señales de prohibición de circular bicicletas en puntos difíciles de la ciudad para tener que quitarlas a los pocos días? Quienes son los reyes de taifas en el Ayuntamiento? ¿Políticos o técnicos? Continuará.

Y para acabar, pese a haber compartido lo que hoy denominaríamos jefe de estado durante decenios, España no es Alemania y viceversa. Cuando allí se plantea o ya está hecha, una gran coalición, GroKo, entre los dos principales partidos, ideológica y supuestamente opuestos, no puede ser lo mismo que si eso se plantea aquí. Hace al menos tres años podría haber tenido algún sentido para capear la crisis con unidades fundamentales. 

Ahora, después de las próximas elecciones, si la aritmética lo exige, solo se va a entender como ganas de seguir literalmente amorrados al poder y al privilegio derivado. Sólo dos ejemplos muy mentados. Esa GroKo celtíbera cómo abordará la reforma educativa después de una LOMCE recién aprobada con sólo los votos del PP y la promesa socialista de derogarla según lleguen otra vez al gobierno. Y dos. A escala local, el contrato para la privatización del hospital Valdecilla… y tantas otras que hay en cada kilómetro cuadrado local y nacional.


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