lunes, 8 de febrero de 2016

76 febreros




En el telediario del mediodía he visto imágenes del lunes de carnaval en Santa Cruz de la Palma. Menos mal. Una huelga de Iberia y un partido del Racing en cuartos de final de la Copa frente al Real Madrid, me ayudan para determinar que eso fue en 1999. Dos parejas de amigos pasamos en esa isla bonita estas fiestas. El día grande allí es el lunes. Humor, polvos de talco, o harina, vestidos y trajes blancos o claros, música y falsos dólares que se escapan de las maletas. Es la vuelta de los indianos, enriquecidos como debe ser. Todo lo demás, lo que no tiene relación con el carnaval está mal, o con mi mejor esfuerzo, regular.

Siguen muriendo refugiados en el Egeo o en Canarias y quienes no alcanzan esa categoría mueren, por ejemplo, en Siria. Y en más lugares. La posibilidad de contar con un gobierno en un plazo relativamente corto puede parecer más cercana que hace una semana pero mi edad me impide ningún optimismo en ese tema. Los postureos diversos se pueden imponer a las necesidades reales de la población. La fiesta del carnaval no empezó con muy buen pie en la capital del reino.

Desde hace meses, alrededor de medio año, la impresión de que todo lo que ocurre en la política municipal de Madrid tiene un amplificador muy poco objetivo me tiene preocupado. Noticias del tipo “la alcaldesa se come un niño crudo” pueden empezar a ser creíbles para sectores numerosos. Eso en un país que se ha pasado un siglo quemando conventos es peligroso. No quiero imitar a Gila pero aquí alguien está jugando con fuego.

He debido llenar ya media página y hoy quería comentar el aniversario que llega la semana próxima. El 15 de febrero de 1941, hace 75 años menos una semana, una parte notable del centro histórico de esta ciudad quedó arrasado por un incendio. Unas circunstancias parecidas a las de muchos días de febrero de cualquier año: Fuerte viento del sur, valores de huracán aquella noche, recuerdo escuchar a mi padre el término ciclón para lo que ocurrió, unido a fuegos de leña y carbón en los hogares y estructuras de madera en la inmensa mayoría de los edificios, todo junto en alianza fatídica fue la contribución a que lo que aquí como en tantos lugares del continente se había ido acumulando a lo largo de siglos, desapareciera en horas.

No era un tiempo fácil. La guerra civil había terminado escasamente dos años antes. A mis padres y a un hermano de mi padre les había dado tiempo a casarse. Mi hermano mayor y una prima nacieron en esos días. Mi hermano 48 horas antes y mi prima el mismo día del incendio. Ellos evidentemente no lo recuerdan pero el primer contacto que tuvieron con personas ajenas a la familia fue con los bomberos que los pusieron a salvo a todos. No eran tiempos fáciles en el resto de Europa. La Luftwaffe hacía meses que bombardeaba Gran Bretaña y el Afrika Korps se estrenaba en Libia ante el peligro que suponía dejar aquel frente en manos de los italianos.

Después llegó la reconstrucción. De alguna manera hay que denominar lo que ocurrió aunque técnicamente el vocablo no se ajuste. La ciudad cambió. Miles de familias fueron expulsadas del centro. Nadie había escuchado por aquí el término que hoy está de moda entre especialistas en urbanismo, especuladores y víctimas de: La gentrificación tuvo en el Santander de hace 75 años el ejemplo más acabado de todos los que se habían conocido hasta entonces y seguramente de todos los ocurridos después.

El sistema totalitario y la escasez de medios materiales impusieron una larguísima agonía urbana. Muchos santanderinos, nacidos incluso diez años más tarde, recuerdan con normalidad una infancia en la que convivían en una sola vivienda dos familias, habitualmente con lazos de parentesco pero no necesariamente. La operación urbanística se remató en un sector en absoluto afectado por el incendio y los pescadores que residían desde hacía siglos en los arrabales del este fueron también expulsados al nuevo poblado de pescadores de los arenales del oeste.

Esto tendrá que continuar. Como los procesos de especulación/sufrimiento

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